Treinta piezas de plata

En el marco de la presentación del libro “Lof Lafken Winkul Mapu” se leyeron textos de las integrantes del Colectivo Tinta Revuelta, inspirados en su lectura que tuvo lugar en el espacio del taller.

 

Por Liliana Cabrera

 

¿Qué es lo normal? hoy hablábamos con una compañera sobre cómo sensibilizar al que no acuerda con nosotros, ¿Pero quiénes son ellos? ¿Y quiénes somos nosotros? ¿Porque ese nosotros que son ellos no nos abraza? ¿Por qué ese nosotros que no somos, es mayoría? ¿Quién dijo que es lo normal? ¿O lo que está bien? ¿O lo que está mal? ¿Existe el bien y el mal?. O acaso como el amor y el odio, ¿son caras de una misma moneda?.

Cuando leímos el libro Lof Lanken Winkul Mapu varias de nosotras lloramos, pero ese llorar colectivo, quizás tiene ¿o no? diferentes matices. No lo sé, lo estoy casi adivinando. Solo puedo hablar de las sensaciones y de los motivos que conozco, los míos; por momentos, medito, ya pensarlo es casi como pinchar la burbuja rosa de la empatía, porque sería menos incómodo hablar por arriba, sin bucear en las profundidades, y decir que lloro solamente por haber sentido lo mismo en esta ciudad, que alguna vez los protagonistas del libro sufrieron siendo perseguidos/ perseguidas en el sur. Tengo que decir, también lloro por  el frío que me corre por la espalda cuando me pongo a pensar en cómo defender este presente, y el miedo que aparece ante la incertidumbre de no saber lo que vendrá. No saber si “ellos”, esa otredad de la que no soy parte  encarnada por ejemplo, en sus fuerzas de choque  o en el pasado que vuelve para buscarme, se llevarán puesto todo, si me/nos lastimarán importándoles tres carajos las leyes, las reglas Mandela o que cuernos… porque mi condición de ex detenida me quita (aunque la ley diga lo contrario) el principio de inocencia del que están dotados el resto de los ciudadanos dejándome en desventaja en cualquier quilombo, y también porque mi lucha, y mis métodos para defender este presente de todos los que pueden llegar a boicotearlo, no resultaría una lucha legítima a los ojos de cualquiera, como considero, sucede con los mapuches y su pelea por habitar la tierra de sus ancestros.

Mi voz no estaba preparada para los gritos, pero en el penal mi garganta se empezó a ejercitar, cuando nos dejaban en las madrugadas arrumbadas en la leonera del Complejo 2 de Marcos Paz  luego de la visita de penal a penal, cuando nos tenían hasta las 2 de la mañana allí, luego de haber ido a visitar a un familiar, sin devolvernos a nuestra cárcel de origen, habiendo compañeras embarazadas entre nosotras y criaturas menores de 4 años. Y pedíamos que viniera el carro, y pedíamos por agua con 40 grados de calor… y en invierno una frazada para las compañeras, y siempre, que nos sacaran de ese lugar inmundo todo meado o que nos dieran algo para limpiar;  que nos dejaran calentar la leche para los chicos cuando hacía 3 grados bajo cero (y en Marcos Paz esos 3 grados bajo cero eran 6)… imagínese que nos volvíamos de piedra sentadas en el piso.

Yo no me quería sentar, ya no me podía sentar,  de ahí me agarré la costumbre de caminar de un extremo al otro en la leonera; al día de hoy cuando necesito pensar y me siento acorralada por los problemas; lo sigo haciendo. Al principio,  pedíamos las cosas; bien, pero luego nuestra voz se calentaba y sacábamos fuerzas de donde ya no había para gritar cada vez mas fuerte… más fuerte que “ellos” cuando lo hacían, más fuerte que la inoperancia penitenciaria, más fuerte que el silencio en medio del campo que te deja sorda de tanto gritar. Cuándo es necesario gritar, aquella que fui todavía grita por mí.

Y cuando lo que necesito no es gritar vuelven otras versiones de mí, tan impredecibles como pueden serlo “ellos”,  todos aquellos de los que tendría que defenderme si fuera necesario, usando sus mismas armas o distintas según la ocasión, para eso nunca necesité ni necesito gritar, solo acercarme un poco más.

La memoria del cuerpo no me deja olvidar. Vuelve como si fuera un perro herido que todo lo considera un peligro, tratando de adelantarse a los movimientos de una Justicia que está hecha a medida de esa otredad, de la que nunca voy a ser parte. De una moralidad que no es la mía.

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Editorxs Tinta Revuelta

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